El dilema era entre lo grave y lo frivolo. Al viajar no se había hecho preguntas ahora se las hacia y no entendía. Tres días y quince horas para forzar soluciones, para hacer esfuerzos quijotescos por cosas en las que después perdía interés. Mario tuvo la impresión que debía volver pero ya era tarde y se recostó en el respaldo de la butaca mirando por encima del hombro las altas copas de los árboles, el boscaje , hasta chocar con un rostro desafiante al cruzar la mirada.
Aquel hombre estaba parado a su frente, desafiante, pero Mario no demostró el menor temor. Su mirada era firme, serena, no retrocedió. Trataba de mantener la calma reflejando ausencia